LA TRAMITACIÓN DE LA LEY ÓMNIBUS O EL “RUIDO DE VIENTRES”

Damocles

Desearía comenzar mi nueva andadura en esta nueva página con una reflexión sobre un viejo tema en estos momentos de rabiosa actualidad y que sin duda provocará no ya arroyos, sino aluviones de tinta amén de gritos airados, no siendo descartable el recurso a las beneméritas plañideras. Si hace treinta años sobre la transición española se cernía la sombra del “ruido de sables”, expresión en boca de mucha gente y con la cual se manifestaba el temor popular a una intervención del ejército que diese al trasto con el tránsito pacífico de un régimen autoritario a un sistema parlamentario, sobre la actual tramitación de la conocida como ley ómnibus acecha la sombra de un “ruido de vientres”, un sonido que emana de los estómagos agradecidos a la par que temerosos de toda una casta que se autoperpetúa en los cargos de unas instituciones corporativas que hace tiempo debieran estar gloriosamente fenecidas.

En efecto, ante el más leve susurro de finiquitar la sacrosanta colegiación obligatoria faltó tiempo a los jerarcas rectores de unas corporaciones ancladas en decimonónicos cánones para hacer casus belli de la permanencia de tales instituciones. Mas lo gracioso del asunto es que en modo alguno lo hicieron en nombre de los intereses profesionales, y ni tan siquiera de los colegiados a quienes en principio juraron defender sino que en nuestro caso, en el caso de Abogados y Procuradores, la defensa numantina de las corporaciones profesionales se hace en nombre……¡del justiciable!. Nos encontramos, pues, con el hecho paradójico que los colegiados a quienes se impone la colegiación obligatoria como requisito esencial para desempeñar una profesión contribuyen con sus draconianas cuotas a sufragar un colegio cuyo interés supremo es la defensa del justiciable. ¿Por qué entonces no se exigen las cuotas al justiciable? ¿Por qué las autoridades sangran nuestros bolsillos para apuñalarnos por la espalda? Ante ello no queda más que preguntarse qué intereses pueden tener esas castas parasitarias que año tras año, lustro tras lustro, decenio tras decenio, se perpetúan en unos cargos que en modo alguno merecen. Y si no pregunten a cualquiera que se hubiese colegiado en los últimos veinte años y pregúntele cuáles son los nombres que están siempre en los aledaños del poder, comenzando por el actual decano que, al menos desde que el redactor de estas líneas se colegió hace ya la friolera de doce años, siempre estuvo ahí con la mira puesta en el ansiado sillón que ahora ostenta y en el cual busca perpetuarse. ¡Qué gozo poder mirar al resto de los mortales y decirles “yo soy el decano”! ¡Que inmenso placer poder colocar la fotografía en la por otra parte tercermundista página web del colegio! Y, en fín, qué desahogo poder desplazarse a congresos, jornadas, seminarios y conferencias como “decano del colegio de abogados de Gijón”. Y, claro, tras años, lustros y siglos con un régimen cuasigremial (el único que sobrevivió a las Cortes de Cádiz) se anuncia de repente la tramitación de una ley que amenaza con dejar en el aire la colegiación obligatoria. No ya la desaparición de los colegios, sino simplemente la colegiación obligatoria. Y ante ello, claro, se disparan las señales de alarma y se encienden las luces rojas en quienes han hecho de los colegios profesionales un auténtico spoil system.

Estén atentos durante los próximos meses. Se verán muchas autoridades mesándose los cabellos y se escucharán lastimeros sonidos que helarán la sangre. Es el “ruido de vientres”, el gruñido de los estómagos de aquéllos que ven amenazado su aristocrático y privilegiado abdomen, de aquéllos que ven cómo sus orondos buches alimentados por años y años de inmerecidas prebendas y gavelas habrán de dar paso a una figura más estilizada y adecuada a los nuevos tiempos, y por ello no dudarán en hacer cuanto esté en su mano por mantenerse en sus arcaicos y estamentales fueros y, en consecuencia, evitar que se intente liberar al sufrido profesional de ese pesado yugo que le oprime el cuello, esa verdadera espada de Damocles que pende sobre su cabeza…¡la sacrosanta colegiación obligatoria!

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