AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UN ABOGADO NOVEL: MALES Y POSIBLES BIENES.

Abogado

Raffles

Esta semana tuve la ocasión de intercambiar impresiones con una compañera que (¡oh dichosa e irresponsable ilusión de juventud!) había tomado la decisión de darse de alta por vez primera en el turno de oficio. Su ilusión retrocedió varios centímetros cuando fue “informada” por cierta persona tristemente célebre por lo atinado de los consejos y precisiones que suele dar a las personas que con sus cuotas le están pagando el sueldo. Pero ese ímpetu juvenil se desplomó cuando nuestra gloriosa y nunca bien ponderada organización colegial al servicio del abogado puso en sus manos el impresionante equipo técnico consistente en un lector de tarjetas para instalar en el ordenador: el lector no funcionaba y, en consecuencia, al no reconocer la tarjeta, la compañera no podía acceder a la zona privada de nuestra, por otra parte, lamentable página web que ni es página y sólo por medio de una generosidad sin paliativos puede permanecer en la red donde hasta la bitácora creada por el más desinformado de los jovenzuelos supera mil veces la creación (se supone) de nuestro informático, otro personaje que pulula (bien es cierto que con escasa frecuencia) por las dependencias colegiales y cuyo sueldo pagamos igualmente los sufridos colegiados con aquella parte de nuestros emolumentos que trimestralmente nos esquilma con el espaldarazo del Estado esa cueva de mercachifles denominada colegio de abogados. Pues bien, el caso es que como yo viví en mis propias carnes en su día la experiencia de esta joven compañera y como a mí me sucedieron exactamente los mismos acontecimientos que a ella le ocurrieron en la actualidad, ello me permite nuestras cuotas se elevan en cuantía mientras los servicios no sólo no ascienden, sino que disminuyen en calidad. ¡Esa es la organización y los servicios con los que cuenta nuestro Colegio de Abogados de Gijón, entidad que solo mediante los esfuerzos de la más portentosa imaginación puede, sin mover a la hilaridad general, sostener que goza de una infraestructura personal y material acorde con los tiempos que corren.

No obstante, de todos los acontecimientos, incluso de los más rayanos con el esperpento o la astracanada, se pueden extraer lecciones y, al menos en lo que al humilde redactor de estas líneas se refiere, le han venido a la cabeza un par de ideas que pueden servir tanto como fuente de ingresos como de medida reivindicativa del turno de oficio. En 1974 decía el generalísimo Franco que es virtud del hombre político convertir los males en bienes, no en vano reza el adagio popular que “no hay mal que por bien no venga”. Pues bien, creo sinceramente que podríamos convertir nuestros males, las lacras y deficiencias corporativas, en una fuente de ingresos e incluso convertirlas en instrumento que facilitase nuestra reivindicación del turno de oficio, Bastaría para ello con tomar estas dos sencillas medidas:

1)      Ponerse en contacto inmediatamente con los guionistas de Cámera Café a fin de que se desplacen a las dependencias colegiales a tomar nota de una posible secuela o spin off de la serie, que podría titularse Cámera Café: Abogando. Tan sólo con una jornada podría extraerse material (y les aseguro que no exagero nada) para al menos tres docenas de episodios, donde los personajes de Jesús Quesada (a quien ya veo en su sufrido papel de Secretario Técnico) y Richard (Joaquín Reyes tendría en nuestras de las dependencias colegiales un verdadero modelo para su personaje) harían las delicias del personal. Amen de ello, podrían sacarse unos cuantos eurillos en concepto de derechos de autor.

2)      Encargar de manera inmediata al actual Secretario Técnico la ardua tarea de atender al justiciable que demanda información para solicitar abogado de oficio. ¡Imagínense la situación! Serian decenas, cuando no centenas, las personas que demandarían una ayuda informativa del personaje que, seguro no nos decepcionaría en el sentido de ofrecer al probo ciudadano unos servicios con la misma calidad y rigor con que nos tiene acostumbrados a los colegiados.

Creo que con ello no sólo se aliviarían los evidentes y serios problemas económicos que actualmente ostenta la corporación, sino que las reivindicaciones de los letrados recibirían el espaldarazo definitivo con la desinteresada ayuda de nuestro auténtico diamante en bruto, actualmente infrautilizado en una covachuela alejado del justiciable que, así, se ve injustamente privado de la más eficaz ayuda y socorro.

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