EL COLEGIO DE ABOGADOS O EL MODERNO RIGOLETTO.

Rigoletto

Raffles

Cuando a estas horas de la noche llega a mis oídos la música inmortal de Verdi en una de sus óperas más brillantes, no puede por menos que sumirme en una honda preocupación el serio paralelismo entre la historia que se narra en Rigoletto y el Colegio de Abogados de Gijón. Porque, sin duda alguna es duro y doloroso decirlo, pero en eso y no en otra cosa se ha convertido la corporación de letrados gijoneses y, por asimilación, quien lo representa: en una gibosa e hilarante criatura bufonesca que parece no servir más que para ser blanco de las burlas, chanzas y chirigotas de quienes la rodean. Quien se haya asomado aunque sea unos minutos por la inmortal historia verdiana comprenderán con hondo dolor que si de algo peco es de excesiva generosidad. El Colegio de Abogados de Gijón se ha convertido en el hazmerreir de sus homólogos de las respectivas provincias y localidades españolas durante los últimos años, y ha sido ninguneado, humillado y vejado por autoridades públicas y privadas con la tácita complacencia de quien lo rige, y si no ahí se encuentran las patéticas declaraciones del jerarca colegial a la hora de justificar los ninguneos que sufrió por parte de la Consejera de la Presidencia y algunas intervenciones en canales de televisión local que si no mueven a la carcajada general es únicamente por lo trágico del asunto que subyace. De ser un ente modesto y sobrio, consciente de sus limitaciones pero, al menos, respetado allende nuestras fronteras, se ha pasado a un modelo colegial basado exclusivamente en promoción de actividades lúdico-festivas para la exhibición de los mismos rostros año tras año, en un ente preocupado únicamente por ofrecer una protección excesiva del justiciable en detrimento del abogado y, paradójicamente y aunque pueda parecer increíble, por una excesiva proyección de las ansias y deseos íntimos de quien hoy lo rige, en un intento de aparentar bajo lujosos oropeles una grandeza que sólo encubre tristes miserias.

Pero existe una diferencia entre ambas situaciones, y es el trágico áurea de grandeza que rodeaba al personaje de Rigoletto y que, de alguna manera le redime ante nuestros ojos. Y es que, al menos ,el protagonista de la ópera homónima intentó hasta el último momento salvaguardar la integridad y el honor de Gilda, la hija a su cargo a la que intentó proteger hasta el final y, cuando su lucha resultó infructuosa, buscó por todos los medios vengarse de quienes la habían afrentado, lo que da pie a uno de los momentos más emotivos de la ópera,  donde Rigoletto no duda en clamar a voz en grito Si vendetta, tremenda vendetta frente a quienes abusaron de la persona a quien  tenía en custodia. Por desgracia, nuestro Rigoletto particular no sólo no ha mostrado interés alguno por salvaguardar la honra de aquéllos quienes debía proteger, sino que incluso se ha alineado expresamente con las personas que han forzado (metafóricamente hablando) a los colegiados gijoneses y, más que entonar el Cortigliani vil razza dannata hay quien prefiere alinearse con los cortesanos, limitando su actuación oficiosa a entonar alegremente el Questa o quella sin ni tan siquiera tener a su favor el ostentar la bella figura, la prestancia y la gallardía del Duque de Mantua.

En eso consiste nuestra desgracia, en habernos convertido en una trágica parodia del bufón Rigoletto.

No obstante, para intentar evadirnos de esta cruda realidad que nos vemos obligados a sufrir dia sí y dia también, ofrezco al amable lector del foro dos de las arias a las que he hecho referencia: el Questa o quella, donde el duque de Mantua presume ante su corte ducal de sus conquistas y su buena fortuna en las artes amatorias y el aria de la vendetta, donde Rigoletto jura ante su hija Gilda que su furia caerá como un rayo divino sobre quienes no supieron respetarla.

I am RAFFLES – AMATEUR CRACKSMAN

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